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No es solo cuestión de mujeres cuando de hilar se trata

María Isabel Moreno Montoro

María Martínez Morales

El mundo mítico, a través del que urdimos (seguimos con el campo semántico del tejer) las explicaciones que nos ayudan a comprender el sentido de nuestras vidas, está repleto de actividades realizadas por mujeres en relación al trabajo con aguja e hilo. Desde Aracné o Penélope, lo de darle a la aguja en manos de mujeres, se nos ha utilizado para enseñarnos que debemos ser pacientes (no vamos a analizar ahora la infinidad de barbaridades inculcadas a través de la figura de Penélope) o a tener cuidado con traspasar los límites del conocimiento. Estas dos eran tejedoras, más que cosedoras, pero no importa la especificidad de la técnica, la cuestión es que por diversos motivos o justificaciones que se han construido culturalmente, el ámbito de estas actividades se ha asignado a las mujeres.


Sobre la problemática en relación a las implicaciones que esto trae para la lucha por la igualdad de género, hay literatura muy apropiada y no vamos a hacer aquí más que referencia, pues ya está bien argumentado y demostrado como ha transcurrido por la Historia este confinamiento de mujeres a sus aposentos a realizar algo que, según algunos, no puede afectar el curso del mundo. 


También sobre el vínculo de la situación con la actividad tejedora o costurera hay mucho trabajo publicado para el que no tenemos espacio aquí par nombrar. Pero lo más interesante es que no solo hay literatura, hay actividad, para Judy Chicago (1979) fue una de sus reivindicaciones de por vida. Sandra Barba (2017) en la plataforma multimedia “Letras libres”, expone claramente su fundamento, y de paso el de Ghada Amer, que conocida por sus lienzos bordados (2008-2018) se ha centrado en cuestionar las relaciones de poder expresando arquetipos de género y representaciones sexuales. La cuestión que nos interesa destacar a nosotras, y por eso traemos estas referencias en concreto, es que nos parece tan válida la reivindicación del modo de hacer de las mujeres, como supervivencia de su capacidad creadora a través del bordado o el tejer, como el utilizar las técnicas y la tecnología de estos medios para expresarse en los modos que lo han hecho siempre los hombres y que, como es natural, tampoco pensamos que estemos fuera de ello.

Por esto conviven en esta exposición obras de las dos maneras. Algunas son creaciones del formato tradicional de las artes plásticas, realizadas con materiales del tejer, otras son obras que responden a formatos propios del bordado o el tejido, e incluso algunas fueron creadas por razones utilitarias y ahora han cambiado de intención y por decisión de su autora han pasado a producción artística para mostrarse, como dijo Goodman (2010), no se trata de qué sino de cuándo.  Sí, ese concepto de arte que perdimos al separar la artesanía (Shiner, 2004). Por todo esto también, hemos puesto especial empeño en que las obras no fueran reutilizadas y apropiadas de aquellos primores que hacían nuestras antepasadas, y que en caso de recuperarlos fuese reconociéndoles a ellas la autoría. Es una mera cuestión de respeto no solo por las artistas desconocidas, sino por el concepto que estamos defendiendo en el que utilizar la obra de nuestras antepasadas como “la nuestra”, nuestra obra, sería sumar a la acción que desde el poder patriarcal ha estado tomando decisiones y haciendo de su capa un sayo (seguimos con tan importante campo semántico) con las cosas de las mujeres y que ellas lo vean tan natural y encima estén agradecidas por haberles prestado atención. 


Por otra parte, nos interesa muy particularmente el aspecto socialmente interactivo al que nos remite la acción de coser, tejer, hilar, bordar. Mientras que en el arte de los hombres, la figura del autor prevalece sobre la de cualquier otro colaborador como reivindicación de la “labor en solitario del genio artista”, en este arte de mujeres, se ha mantenido la acción compartida de las horas y los diseños de trabajo. En su artículo Mantas colaborativas: silêncios ruidosos, Ângela Saldanha y Teresa Eça nos remiten, como ellas mismas dicen, a lo cotidiano, donde el silencio va transformando lenta pero profundamente a cada uno de nosotros, trabajando en mantas como soportes comunitarios que a pesar de diferentes en el tiempo, se constituyen como proyectos de educación artística activista en contextos transversales.
“Construir uma manta é um processo moroso e introspetivo – ao mesmo tempo que é criado um artefacto recheado de simbolismos, muitas são as escolhas e o tempo despendido. Coser retalhos pode ser um processo de colagem e pensamento-ação onde espaços de memórias e de reflexões se entrelaçam através de uma técnica ancestral. Pode ser também um processo colaborativo e um processo de educação artística ativista. “ (Saldanha & Eça, 2014: 38)


En definitiva, defendemos el respeto por toda forma de expresión creativa como instrumento narrativo capaz de sugerir y evidenciar procesos y experiencias que forman parte de la memoria, lugares y emociones, donde el hilar, el tejer, a modo de recorrido va dando sentido a esos fragmentos que constituyen la vida compartida socialmente de las personas (Martínez Morales, 2014: 53), no importa que género sean, ni qué cualquier otra cosa sean en las diferentes posibilidades que el poder nos clasifica para decirnos qué tenemos que ser.